Da igual las veces que te lo digan.
No hay más ciego que el que no quiere ver.
Y, así, de un plumazo, ves la historia.
Lo ves todo claro.
El rey, al fin, invitó a una princesa a su palacio. Una princesa que había recorrido más de medio mundo, pero que aún tenía mucho que recorrer. Una princesa que se dejó cuidar, que reposó entre aquellas cuatro paredes... pero que, finalmente, no quiso quedarse allí, rodeada de esos altos muros que apenas dejaban entrar la luz del sol. No quiso quedarse en un lugar tan frío... El rey cada día estaba más apático, intentando que la princesa se quedara de malas formas, jugando, engañándola sobre sus intenciones...
Y la princesa huyó al corazón de lo conocido.
El rey, abatido, se prometió enterrar el castillo, y con él, a todos los que habitaban allí.
Pero, un día...
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