En lo alto de una larga cadena montañosa, rodeado por una gran muralla, había un frío palacio de altas torres gobernado un rey solitario.
Nadie podía entrar sin ser invitado, pero hacía muchos años que nada parecido ocurría. Los sirvientes estaban acostumbrados a ver las mismas caras todos los días, acostumbrados a la quietud del palacio y hechos al silencio continuo del rey.
Hacía muchos años que el rey había construido aquel palacio, ladrillo a ladrillo con sus propias manos, todo para su futura y amada reina.
Pero ella ahora no estaba.
Ahora sólo había murallas, frío y soledad.
Porque nadie era invitado ya a aquel palacio, porque nadie era siquiera bienvenido.
Porque el rey cargaba con sus penitencias y sus miedos, y no dejaba que nadie lo perturbara de su dolor.
Porque la sola idea de un nuevo dolor era insufrible.
Porque uno no puede pasarse la vida construyendo castillos en el aire.
Aunque pronto descubriría que tampoco puede pasarse la vida costruyendo murallas alrededor.
Continuará...
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